Anoche estaba recostado sobre mi cama donde caí dormido sin taparme. Estaba teniendo un gran sueño, de esos llenos de melancolía y ficción. Me encontraba en la casa de Aledi, esperando a un amigo en común. Ella se veía muy bien, vestida con mallones negros y un vestido verde, floreado. Finalmente llegó el extrañado amigo, Paco. Nos saludamos todos, después de lustros de no repetirse la combinación de amigos y nos dirigimos a nuestro bosque (así le llamo al bosque de Los Dinamos, porque desde niño siempre fuimos felices ahí) a encontrarnos con otra amiga cuyo nombre no recuerdo. Francisco se comportaba dubitativamente sobre darnos o no a conocer algún secreto terrible. Finalmente él y la otra amiga anónima se fueron por alguna vereda, con un rumbo cuyo destino yo desconocía. Después de un tiempo tan largo como varias horas, regresaron con una especie de caja plástica de colores gris y rojo con el contorno de la "A" de la anarquía científica. Paco la abrió, dispuesto a mostrarnos su verdad. Después de años de estar guardada, en la caja vivían animales de apariencia prehistórica, parecidos a trilobites terrestres de varias pulgadas, que él quitaba con sus manos protegidas por guantes negros. Lo que estaba en la caja fue tan terrorífico como lo que sucedió después. Era material radiactivo. No entiendo qué tenía que hacer ese material en esa caja, en nuestro bosque, y peor aun, bajo el resguardo de Paco. Sin embargo, la realidad se mezcló con la ficción al escuchar el estruendo de algo que parecía un gran serrucho tratando de abrir la puerta de mi casa, en la madrugada. Se escuchaba como si un monstruo o - inclusive más terrible- un asaltante quisiera entrar a mi morada, evidentemente con no buenas intenciones. El ruido venía de la puerta inferior, era repetitivo e insistente. Salí intempestivamente de mi sueño hacia una realidad que no me asustaba menos. Tomé mi lámpara maglite como la toman los policías, por la cabeza de la misma para poder asestar algún golpe a un intruso, pero con la impotencia de saber que si el ladrón estaba armado, no podría hacer nada. Me acerqué sigilosamente a la puerta, me asomé por la ventana y no detecté nada. La abrí y le silbé a Alfil, mi perro, quien en unos segundos vino a mis manos espantado. No había sucedido nada. El gran monstruo, el serrucho insistente era el mismísimo Alfil que quería entrar a causa de los estruendosos juegos pirotécnicos que algún seguidor inconciente de la virgen de la Concepción lanzó a la 1:14 de la mañana sin importarle la paz de los perros y los humanos y que causó que perdiera mi gran sueño.
Sobre "Desigualdad extrema en México"
Hace 9 años